¡Señor, Creador de los cielos y la tierra,
abrid las puertas de la bóveda celeste!
Que lluvias de bendición caigan sin fin,
a mis huesos que se secan día tras día.
Como árbol plantado en el desierto gris,
aún estoy de pie esperando la lluvia,
que ha de refrescar mis sedientas raíces.
Ya todo mi ser ansía beber de Tu pozo.
Mira mis hojas, una a una, se secaron,
al pasar cada ventarrón con fuerza cruel,
sacudiendo toda mi vida y mis ilusiones.
Sólo Tú, oh Dios, puedes hacerme retoñar.
Abre ya, oh Señor, las puertas celestiales,
refresca mi sedienta alma de tu amor.
Que al retoñar vuelva a dar bellos frutos,
como maná para todo el que no te conoce.

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