9818 visitas1 Juan 5:1 6

Salmo 98 Hechos 10:44 48 1 Juan 5:1 6 Juan 15:9 17

Notas exegéticas

Nuevamente, ya llegando al final de su discurso, el autor entreteje los temas la fe en Dios, la filiación divina de Jesús y los creyentes, y el amor de los hermanos. Sin embargo, como es propio del estilo joanino, tanto en el Evangelio como en la carta, los temas son repetidos pero en cada repetición agrega algunos elementos nuevos, matiza con detalles que le añaden fuerza y profundidad. Suelo comparar el estilo joanino con un tornillo: da vueltas siempre en el mismo lugar, pero en cada vuelta se afirma, cala más hondo, profundiza. Por eso, aunque a primera vista parece simplemente volver sobre cosas dichas, observando los detalles uno comprueba que pone en juego nuevos conceptos, argumenta con otros elementos aunque use el mismo vocabulario básico.

La perícopa comienza retomando el argumento, expuesto ya en el Evangelio (Jn 1:12-13) y en la carta (ver comentarios anteriores), de que al recibir y creer en Cristo somos engendrados por Dios. Es decir, por la fe somos engendrados en un nuevo nacimiento, que nos hermana entre nosotros/as y con Jesús. Según el Evangelio ese nuevo nacimiento es tan igualador que hasta es un “nacimiento virginal” (no de sangre, ni por voluntad de carne, ni por voluntad de varón). De esa manera percibimos la gloria de Cristo y conocemos el amor de Dios.

Así, mientras por un lado ha señalado, tanto en el Evangelio como en la carta, que podemos conocer a Dios en Cristo y en el amor fraterno, ahora complementará ese argumento señalando que el que ama a Dios ama a los hijos de Dios. El lenguaje es intencionalmente ambiguo: no podemos discernir en la expresión “quien es por él engendrado” (nótese la ambigüedad también en cuestiones de género) si se refiere a Jesús o a los/las creyentes. Amar a Dios es amar a todo y todos/as lo que Dios ha engendrado, a todo lo que de él recibe vida. Si antes amar a Dios era amar a sus hijos, ahora amar a los hijos es amar a Dios. Y esto se verifica en el cumplimiento de los mandamientos.

El uso del plural en “los mandamientos” es un detalle a tomar en cuenta. A través de la carta el autor juega con la diferencia entre “el mandamiento” y “los mandamientos”. El singular se refiere siempre al mandato de amor al hermano/a. Es introducido como un mandamiento nuevo (2:8) propio del que permanece en la luz. Pero que es a la vez el mandamiento antiguo (2:7), sólo que es nuevo en la forma en que se aplica. El plural se refiere en cambio, a los mandamientos de Dios, a la necesidad de guardarlos. No aclara mucho, pero es evidente que tienen la fuerza de la ley. De allí que discutirá a continuación porque no es gravoso guardarlos.
El v. 3 nuevamente usa un lenguaje abierto. Una traducción literal nos muestra sus ambigüedades . Este, pues, es el amor de Dios para que guardemos sus mandamientos y sus mandamientos no son cargas. La expresión “amor de Dios” permite al menos dos interpretaciones. Una, que llamamos “subjetiva” lee “el amor que Dios tiene”. En ese caso, el amor que Dios tiene se muestra en los mandamientos que nos da y en el amor con que nos ama, que nos permite aceptarlos y obedecerlos sin que sean gravosos. Los mandamientos y las fuerzas para obedecerlos gozosamente son don del amor de Dios. Pero también es posible una lectura “objetiva”: “el amor que nosotros tenemos a Dios”, amor que se muestra en la obediencia, en el reconocimiento de la ley divina, y que hace que el creyente no encuentre su cumplimiento como una carga, sino como una expresión de ese amor. Esta circularidad recorre toda la epístola. Amamos porque él nos amó primero. Pero también, porque podemos amar podemos servir a Dios.

El autor vuelve con una vuelta más a la rosca. Nuevamente pone en juego la oposición fe-mundo. El amor vence al mundo, la fe vence al mundo. De hecho, toda esta perícopa, desde el primer verso, se sostiene en esta relación entre fe y amor. El que es nacido de Dios ama, guarda los mandamiento, y vence al mundo. Todo lo que es nacido de Dios vence al mundo, donde nuevamente entra en juego la posible doble interpretación. La victoria que vence al mundo es nuestra fe, con lo que volvemos a la primera frase del v. 1. Vencer al mundo es vencerlo como Cristo lo vence, en la cruz que es la muestra de un amor que no claudica ni frente a la misma muerte. Afirmar que Jesús es el hijo de Dios es reconocerse hijo, hija de Dios, y por ello vencer al mundo. Frente a un mundo que siembra amenaza y muerte, “quien tiene al Hijo tiene la vida (5:12). Afirmar la fe es afirmar la vida, la vida que es engendrada en Dios, que se manifiesta en el amor, que acepta los mandamientos como camino de obediencia y que se expresa en la hermandad de los creyentes, que logran vencer al mundo, no con las fuerzas del mundo, sino con la práctica de la verdad.

Líneas homiléticas

En el mundo se vence de una manera. Pero acá no se trata de cómo se vence en el mundo, sino de como se vence al mundo con sus juegos de victorias temporarias, de poderes efímeros. Esta victoria se da al recibir la posibilidad de ser hechos hijos e hijas de Dios. Podemos tomar en la predicación este último versículo para leer para atrás el texto. Buscar el fundamento de una fe que permite vencer al mundo en la experiencia y la práctica del amor de Dios y del amor de los hermanos y hermanas. Las formas abiertas del texto invitan a un sermón dialogado, si las circunstancias lo permiten. O también a incluir testimonios de hermanos y hermanas de la comunidad que hayan logrado “victorias sobre el mundo” desde la experiencia del amor de Dios en sus vidas.

Fuente: ISEDET - Depto. de Biblia

 

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