11789 visitasAgradar a Dios

Lecturas bíblicas

Hebreos 11:5-6 y Génesis 5:21-24

Si uno recorre los libros de la Biblia, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, sobresalen en ellos los grandes personajes de la fe. Ellos se adueñan de los versículos, de los capítulos, hasta llenar páginas y páginas con sus historias, sus proezas. Y, a fuerza de ser sinceros, sus hechos no fueron siempre agradables a los ojos de Dios.

Tomemos por ejemplo a Sansón. ¿Cómo no recordar sus grandes hazañas? Mató a un león con sus propias manos. Con una quijada de asno venció a mil enemigos armados. Sólo con la fuerza de sus brazos tiró abajo las columnas del templo. Pero Sansón también fue desobediente a Dios en más de una ocasión. Así y todo, a pesar de no haber agradado siempre a Dios, la historia bíblica lo recuerda a él por sus hechos grandiosos. ¿Y qué hay de Tola, de Ibzán, de Elón? Fueron todos, como Sansón, jueces de Israel, libertadores del pueblo. Pero nadie los recuerda. ¿Ustedes se acordaban de ellos? No. Porque no hicieron nada grande. Apenas cumplir con su deber... ¿Y quién no sabe algo de Moisés? ¿O de Noé? ¿O de Jacob? ¿O de Pablo o Pedro en el Nuevo Testamento? Todos ellos han marcado la historia del pueblo de Dios con sus acciones. Pero, ¿y los otros? Los otros personajes que escribieron la historia junto con ellos apenas si aparecen mencionados. Frente a esto, nos cabe la pregunta: ¿es que sólo los grandes tienen un lugar en la historia de Dios? Pareciera ser que sí.

El capítulo 11 del libro de Hebreos, recuerda a grandes héroes del pasado, a los gigantes de la fe. Allí están Abraham, José, Isaac y también algunos de los que nombramos recién: Noé, Moisés y Jacob. También hay otros y otras tal vez menos conocidos como Rahab y Barac. Pero así y todo, si uno busca para atrás en la Biblia encuentra que hicieron algo más o menos impresionante. Pero, de repente, aparece en la lista un nombre que desconcierta: Enoc.

¿Qué habrá hecho Enoc para que el escritor de la carta a los hebreos se acuerde de él? Vamos para atrás en la historia, llegamos a Génesis, capítulo 5, ¿y qué encontramos? Apenas 4 versículos que casi nada dicen. Fue el padre de Matusalén, el hombre que más años vivió según la Biblia. Pero, ¿será ese su mérito? Sin duda tiene que haber algo más. Y hay algo más...

El autor de la carta a los hebreos dice que, durante su vida, Enoc había agradado a Dios. En otras palabras, a Dios le gustaba la manera de vivir de Enoc. Dios estaba feliz con la vida de este hombre. En Génesis se menciona dos veces en los cuatro versículos cómo fue que Enoc agradó a Dios. O, como dice en la versión de Reina y Valera, cómo "Enoc caminó con Dios". El premio, la "recompensa", para este hombre fiel es que Dios se lo lleva a su lado antes de morir, algo que se va a repetir sólo una vez más en la Biblia. No sé muy bien cómo hay que entender eso de "ser llevado" antes de morir, pero se puede decir con toda seguridad que es algo especial, un gran privilegio que Dios concedió a este hombre que supo alegrarle el corazón.

Ese fue el mérito de Enoc: caminar con Dios, alegrarle el corazón, hacer su voluntad. Y por eso Dios sonreía en el cielo. Por eso Dios estaba feliz. Caminar con Dios, agradar a Dios. ¡Qué insignificancia! Parece algo que cualquiera puede hacer. Agradar a Dios. Pero qué difícil resulta a veces.

Mirando la propia vida, ¿cuántas veces nos descubrimos caminando del lado de Dios? ¿Y cuántas otras veces, en cambio, caminamos del lado de nuestras propias convenien-cias, de nuestros propios impulsos, de nuestras ideas y pensamientos, del lado de nuestros deseos?

Mirando la propia vida, ¿estamos dando motivos para que Dios esté feliz, para alegrarle el corazón? ¿O, por el contrario, somos constante fuente de tristeza para el Señor? Si la vereda de Dios es la vereda del amor, de la paciencia, de la armonía, nosotros solemos vivir entre rencores y odios, apurados e impacientes, rota toda armonía con el prójimo, con la naturaleza, con Dios mismo. Si la vereda del Señor es la vereda de la entrega, nosotros solemos guardar para nosotros si es la vereda de la confianza, nosotros generalmente caminamos con dudas y temores si es la vereda de la alegría, nosotros frecuentemente caminamos amargados si es la vereda de la gratitud, nosotros vivimos quejumbrosos y desagradecidos. No siempre nuestros caminos son los caminos de Dios. Y Dios está triste, esperando que en algún momento nos demos cuenta y, con fe, nos acerquemos a él para caminar juntos por la vida. Sin duda Enoc no fue perfecto. Era tan humano como cualquiera. Debe haber cometido errores y debe haber sufrido, como todo mortal. Pero, en medio de su vida no del todo perfecta, él buscó en agradar a Dios y caminar a su lado. Y Dios le sonrió.

Quizá usted se sienta un ser insignificante, que no puede hacer nada con su fe pequeña.

Quizá usted se sienta como Enoc, un personaje demasiado fragil como para poder hacer algo en la gran historia de la vida. Hasta es posible que Enoc mismo haya creído que él no era un gran tipo. Pero usted sí puede agradar a Dios, hacerle sonreir, arrancarle un guiño a Dios. Usted puede caminar el camino del Señor, como lo hizo Enoc. Usted puede llevarle a Dios algo más que dolores de cabeza y preocupaciones. Y, como en el caso de Enoc, eso, para Dios, será suficiente.

Uno puede decir: yo no puedo ser como Sansón, ni como Moisés, ni siquiera como Barac. Pero nadie puede decir que en sus manos no está la posibilidad de agradar a Dios con todo lo que hace, la posibilidad de ser fiel al Señor de la vida. Dios no espera grandes proezas, no pide grandes hazañas.

Dios no espera de usted un Moisés, un Sansón, un Noé. Dios está feliz si usted camina con él, como Enoc. Tal vez nuestros nombres no ocupen grandes páginas en la historia de la fe. Pero podemos hacer que al menos se diga de cada uno de nosotros que hemos agradado con nuestra vida a Dios. El no espera más. Pero tampoco menos.

Fuente: Aportado por el autor

 

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Comentarios de nuestros lectores
Fecha
Usuario
Puntaje
Opinión
2003-12-05 18:17:19
JORGE ARIAS
10
como opinar si la palabra de Dios te deja sin comentarios. Quien no quisiera ser la millonesima parte de un Enoc. JORGE ARIAS