10538 visitasIdentidad y seguimiento de Jesús

Vivimos en un contexto que muchos describen como crisis de paradigmas. En parte es así, sentimos la urgencia de revisar miradas, enfoques, las referencias y representaciones que ya no se ajustan a la realidad y generar otros nuevos. Sentimos una tensión que bien podría expresarse como una sed de vino nuevo que odres viejos no pueden contener.

Tenemos sed de vino nuevo porque deseamos profundamente celebrar la fiesta de la vida donde todos y todas tengan lugar y porque sabemos de Alguien que la llevó a su plenitud y hasta el final. Pero también esta breve memoria nos pone en contacto con el hecho de que cada generación estrena los grandes desafíos de la existencia y está llamada a arriesgar su libertad en el intento de resolverlos. Nuestra generación no escapa a esta condición existencial y menos si miramos el complejo escenario de la actual coyuntura.

Por ambas razones plantear la búsqueda de los elementos que construyen nuestra identidad desde las claves de voces y ecos, miradas y espejos es ineludible para los que asumimos el seguimiento de la causa del Reino. Es decir, por el hecho de que nuestra fe se enraíza en el seguimiento la memoria de quienes creyeron que el vino nuevo del Reino anunciado por Jesús necesitaba odres nuevos, y este es un paradigma que puede animar las dinámicas de profundización en la temática de la identidad, y porque el mundo que habitamos se ha vuelto inhóspito para la inmensa mayoría que queda excluida de la fiesta y esto no nos va. Por esto y tal vez por muchas otras razones necesitamos caminar en la clave de la búsqueda y la de(s)construcción, o dicho de otro modo, en clave de éxodo hacia nuevos territorios, en procesos de entretejer nuevas tramas y de construir nuevos sentidos.

El seguimiento de Jesús es en sí mismo un paradigma de de continua busqueda de aquellos que se atreven a seguirle en el discipulado y narrarlo es para nosotros pertenecer a una fiesta de inclusión en la que se nos va la vida y en la queremos permanecer.

Narración y memoria para una identidad liminal

¿Qué nos ayuda a ser como queremos, a pertenecer y a permanecer junto a los que amamos?. Trataremos de plantear la narración y su vínculo con la memoria como un modo privilegiado de construcción de la identidad y la pertenencia. “Sólo las historias tienen el poder de dar cuerpo a la realidad y de implicar al oyente. Sólo las historias permiten comunicar la verdad a distintos niveles, lo que no consigue el lenguaje lógico científico”.

¿Cómo operan las narraciones?. Tienen la intención de reproducir lo acontecido en la subjetividad del narrador se mueven entre el pasado y el futuro reproponen el pasado y ofrecer nuevas oportunidades. Cuando leemos o escuchamos un relato, la historia muta desde la construcción “en lenguaje” a “historia acontecida” y de algún modo a “historia que acontece”. Por eso, implica al oyente, por eso nos implica y nos urge a tomar postura.
La importancia de las narraciones como figura arquetípica es de una relevancia innegable. La búsqueda misma de nuestra identidad se hace desde la búsqueda de los relatos fundantes. Ya desde nuestro propio emerger a la existencia somos llevados a nuestra conciencia a partir del relato, “mamá ¿cómo fue cuando nací?”. Dicha pregunta, muchas veces abordada cuando niños en esta u otra variante, lleva en sí misma la pregunta sobre el origen. Esta misma dinámica proyectada a las identidades de los pueblos, el relato de los mitos de origen con un valor “sacramental” en cuanto que no solo se narran sino que hacen acto aquello que se narra en el momento en que la acción de narrar se lleva a cabo por el anciano o chaman.

¿Por qué no narrar historias so pretexto de que lo producido no sea valorado como algo en lo que circulen saberes?… ¿no fue así acaso como Jesús de Nazaret pasó una parte no pequeña de su vida pública contando historias?. O, por decirlo con más exactitud: Jesús relató historias y repitió otras narraciones anteriores podemos encontrar en los registros del NT justamente una gran cantidad de puentes donde es posible ver de qué manera el NT interpreta al AT. La comunidad que narra es al mismo tiempo una comunidad de memoria.

La Biblia ha sido no pocas veces encerrada con los grilletes de las miradas supuestamente científicas quedando su vertiente narrativa relegada a segundo lugar. La Biblia contiene también, tanto en el AT como en el NT, textos que no son de naturaleza narrativa: textos legales, ordenaciones morales, prescripciones higiénicas, cartas de exhortación, alabanzas, acciones de gracias, himnos, etc. pero probablemente no se descubre nada nuevo al afirmar que los textos más importantes, y más relevantes desde el punto de vista religioso, son narraciones. Jesús de Nazaret se nos presenta principalmente como una persona narrada, pero con mayor frecuencia todavía como “narrador narrado”. Los discípulos aparecen dentro de los relatos evangélicos como oyentes de sus narraciones, pero al mismo tiempo son quienes re-narran oralmente o por escrito los relatos escuchados. De este modo, tales relatos han llegado finalmente hasta nosotros, y cuando volvemos a narrar las historias bíblicas nos incluimos nosotros mismos en una tradición narrativa ininterrumpida.

El discipulado cristiano es una “comunidad de narración”, pero de ninguna manera esta es una definición exhaustiva, de igual manera podríamos decir que el cristianismo es una comunidad de comensales. Ambos acercamientos tal vez esconden en su aparente aporía algunos puntos de encuentro: en ambas situaciones los sujetos se encuentran sentados en círculo, con un referente en un lugar objetivamente identificado por todos , en ambos casos se entrama la dinámica de la comunión (alguien recibe porque alguien esta dispuesto a dar) y de la comunicación significativa (entre sujetos que interactúan). Ambas dinámicas buscan saciar el hambre de sentido y de futuro. Comemos para poder continuar el camino. Leemos e interpretamos para seguir abriendo horizontes de vida y felicidad.
Es interesante en este momento traer aquel relato bíblico, del libro del Éxodo, la teofanía del desierto (Ex 3, 1-6) donde Yahvé se manifiesta al mismo tiempo que realiza una invitación y una aclaración “quítate las sandalias porque el suelo que estás pisando es tierra santa”. El encuentro con lo sagrado acontece en la tierra que pisamos, en el suelo que habitamos, en el territorio que compartimos. Porque es espacio de manifestación de la vida, y ella es sagrada, porque es ella es del Dios de la Vida por eso también la necesaria distancia para poder reconocerla “no te acerques hasta aquí”, es decir, sin antes desapropiarte de lo que pueda llevarte a querer poseerla.

La metáfora de la Liminalidad

Esta categoría ciertamente es de poco uso en teología , hablar de liminalidad es comprender los procesos de de(s)construcción de la identidad de educadores y educadoras en un contexto que no necesariamente son centrífugos, no son desde los “lugares comunes” permiten reubicar y abordar esta búsqueda con otra resonancia.

Liminalidad significa “sendero entre dos campos”, linde o sendero, límite y también hace referencia al término limen que se usaba en la Edad Media y se traducía por lumbral y que después se ha convertido en umbral, dintel.

El “limes” , “limen” como metáfora pude servirnos como imagen que provoque nuestro debate. Existen también zonas intermedias entre lo racional e irracional, lo civilizado y lo salvaje, lo profano y lo sagrado, la vida y la muerte. Son zonas tensas, conflictivas, espacios de mediación y enlace, de comunión y disyunción. El limes así impide que el espacio de la razón entendido se cierre en su propia inmanencia satisfecha y que el espacio de lo extranjero invada, sin razón y sin ley, sin logos y sin nomos, lo que ha sido ganado a pulso a través de siglos de cultura. El limes pensado como un espacio en el cual es posible habitar y crear cultura. Habitar no es implemente ocupar un espacio, una tierra, sino convertir un espacio en tierra de cultivo y culto aquel habitante que seanima a vivir en el territorio de esa colonia se halla re-ligado y o-bligado a ella.
La identidad del educador/a ciertamente puede encontrar en esta metáfora muchas referencias a su saber, hacer, decir, sentir... El educador cada tanto se descubre habitante de esos limen donde interactúa y vincula mundos diferentes.

Nuestra identidad es liminal, por nuestra condición de la corporeidad. Y lo es también por la opción querer pertenecer a un movimiento de constante descentramiento de los diversos centros de exclusión instalados como visiones únicas: de género, de raza, de condición social, de religión.
Narrar la identidad desde el cuerpo como territorio y texto vital
Desde el nacimiento iniciamos un largo viaje que no acaba nunca sino que se reinicia con cada transformación. Ni la muerte, límite inevitable de nuestra condición humana, puede con este movimiento vital que tiene su principio y origen en Dios. Ella misma es transformación. En esta paradójica experiencia de la vida renaciendo en la muerte arraiga la fe que se nos ha narrado y que nos atrevemos a re-narrar construyendo nuestros propios textos vitales. El primer texto a leer e interpretar es el propio cuerpo que, no pudiendo escapar de la condición paradojal, es al mismo tiempo espacio y límite. Espacio llamado a convertirse en territorio y primera frontera a atravesar para visitar y generar nuevos territorios. El cuerpo se revela a un tiempo y hasta difícil de distinguir tanto como “territorio semantizado” y por eso “texto vital” como frontera a atravesar y por eso límite determinado que me diferencia e individualiza.

Ingresar a un territorio, o pasar de uno a otro, solo es posible franqueando fronteras. Vistas más como puertas que como límites, son aquellos micro espacios donde se da el paso de lo extranjero a lo familiar, del margen a la inclusión, de lo inhóspito a lo hóspito. Las puertas o fronteras con sus diversas ubicaciones (adelante, atrás, al costado) se revelan así como paradigma del “umbral”. De la posibilidad de atravesar el umbral depende la posibilidad de incluirse o de quedar afuera, de poder referirse a una casa o quedar sin alojamiento, amparo o acogida traspasar el umbral nos abre, además, al cosmos organizado de las relaciones sociales donde esperan otras casas y espacios comunes llamados también a convertirse en territorios habitables.

Lo que entendemos por territorio no está limitado al espacio físico con sus determinaciones geográficas en dos dimensiones: horizontal (lo ancho o lo estrecho) o vertical (lo alto, lo bajo) sino que comprendemos al territorio a un espacio que se abre a múltiples dimensiones de sentido y por eso hablamos del territorio “semantizado”, es decir, un espacio donde acordamos significaciones y representaciones que funcionan como un soporte de la identidad y la pertenencia de nuestras relaciones sociales. Comprender el territorio no como un lugar donde se vive físicamente sino como el espacio donde se mora simbólicamente, se nos presenta como una mediación profunda para la construcción de la identidad en interacción con la multiplicidad de relaciones de la vida social. En este sentido, narrar nuestra identidad creyente necesita siempre del correlato de la transformación de los espacios que habitamos en territorios de inclusión y pertenencia.

Memoria, narración e identidad

El primer espacio entonces a transitar y transformar en territorio semantizado es el propio cuerpo. Será el propio cuerpo, como tejido de sentidos y significados, entretejido con otros cuerpos desde donde iniciamos el ininterrumpido viaje de la existencia en un constante éxodo hacia otros territorios y fronteras. Es así como vamos construyendo nuestra identidad. En diálogo con otros y otras diferentes a nosotros, en constante caminar de territorio en territorio, de verdad en verdad dando la bienvenida a los extraños para transformarnos en hermanos, amigos y compañeros de utopías.
Vista de este modo, la identidad no es algo estático, acabado de una vez, ni tampoco mera representación, sino como un proceso dinámico que se expresa en la doble tarea de individualizarnos y de diferenciarnos al mismo tiempo respecto a un mundo más amplio de identidades y territorios en relación. Si comprendemos la identidad como una manera de ver el mundo y lo que es más importante como una manera de operar en él, el aventurarnos en este proceso dinámico necesita la actitud de implicarnos en la elaboración y construcción de los significados que entretejen la propia vida y la que compartimos junto a otros/as. Quizá la manera más ancestral y creativa de implicarse sea la de narrar quiénes somos, qué queremos, cómo vemos el mundo que habitamos y cómo imaginamos el futuro.
Al narrar nuestra identidad lo hacemos desde “el presente que habitamos re-visitando el pasado” que dejamos atrás con cada paso. Por la narración vamos enlazando aquellos eventos vividos como especialmente significativos. Al narrar lo hacemos por la mediación de la memoria, y esta es iva por eso, no narramos ni todo lo vivido ni todo de una vez. En los “paisajes narrativos” de nuestra historia, personal o grupal, se encuentran los tesoros de lo vivido que no queremos perder, porque conservar sus significados y reinterpretarlos desde el presente que habitamos es vital para permanecer y pertenecer y para entrever el futuro. De ahí que sea de vital importancia visitar asiduamente la memoria de nuestro pasado para mantener a salvo las experiencias por las que las personas y los grupos nos sentimos salvados, y también reconciliar y sanar las secuencias dañadas.
Lenguajes del cuerpo

Recordamos y narramos al hilo de las huellas que los acontecimiento imprimieron en nuestro ser, huellas grabadas en el alma y en el cuerpo que en ella habita. Las huellas concentran mensajes y significados a modo de imágenes, de representaciones simbólicas, de las cicatrices, ausencias, placeres y alegrías. Puestas en secuencia, ordenadas en antes y después, van marcando hitos configuradores de la identidad. Al ordenarlas o secuenciarlas podemos ver las continuidades y las discontinuidades, las rupturas y también los nuevos nacimientos. Enlazadas con el primer acontecimiento fundante del propio nacimiento personal o grupal, las huellas son vestigio de las transformaciones a lo largo de la vida y operan en el hoy moviendo a nuevos nacimientos.

Lo vivido transformado en narración por la palabra permite dar continuidad narrativa a la identidad. Las huellas de las experiencias vividas permanecen en la memoria del cuerpo y hablan desde allí con diversos lenguajes: las lágrimas, las risas, las miradas, los tonos de la voz, los gestos de amor y desamor, violencia y de ternura son lenguajes que emergen desde la profundidad de la memoria y del fondo del alma. El cuerpo desarrolla lenguajes diferenciados a través de los cuales se atraviesa a sí mismo y traspasa las fronteras de los otros cuerpos.
La memoria del cuerpo se vuelve particularmente comunicable por las palabras. Ellas articulan significados y sentidos que nos orientan y orientan. Las palabras y los gestos se articulan en nuestro cuerpo formando un tejido de signos y símbolos que nos expresan. El cuerpo es así, por sus gestos y palabras, el primer territorio semantizado que se va transformando a lo largo de cada etapa de la vida en un “texto vital” llamado a ser leído, re-leído y re-escrito desde todos sus lenguajes posibles.

Las palabras, dadoras de sentidos se enlazan por la narración, y configuran un texto narrativo personal que arraiga en nuestro cuerpo como texto vital, como mapa de sentidos. Cuando narramos en secuencia ese conjunto de eventos e imágenes, combinados y recombinados entre ellos se llega a desarrollar la configuración de un tejido vital de un mismo tono y es a través de ella como el sujeto (individual y colectivo) puede ver un mundo y sentirse en él y como parte de él.

La complejidad de nuestro mundo de relaciones nos coloca en interacción con un entretejido de textos vitales, una verdadera trama de intertextualidad. Escuchar y narrar, interpretar y volver a narrar, escuchar y re-narrar es una fascinante manera de comprendernos en camino, en búsqueda respetuosa de la verdad atesorada en cada narrativa y abiertos a nuevos textos comunes capaces de imaginar el futuro.
Incurriríamos en un error si comprendiéramos este proceso como algo puramente intelectual. Al contrario, esta secuencialización de eventos significativos comporta una activación del mundo emocional el proceso de reactualizar por la memoria los eventos prototípicos implica la conexión con las modulaciones emotivas específicas. En este sentido, y retomando lo dicho sobre el cuerpo como frontera, es muy difícil que una experiencia de cruce de fronteras no tenga su registro y posterior huella en nuestro cuerpo. Esas experiencias primarias nos recuerdan que atravesar un frontera ciertamente abre puertas a nuevos descubrimientos y a nuevos paisajes, pero al mismo tiempo nos remiten a nuestros propios límites: el cuerpo como límite físico.
El cuerpo nos devuelve a todos/as la experiencia de su particularidad. Nos dice que estamos circunscriptos en las fronteras de nuestro propio cuerpo. La frontera del cuerpo, como toda frontera, cierra y abre al mismo tiempo con simultaneidad. El cuerpo se manifiesta así, como lugar de encuentro con el otro y a la vez de descubrimiento de la propia identidad (alteridad e identidad simultánea), lugar de apertura e intercambio con los demás, y al mismo tiempo de encuentro con la soledad insuperable. Es así como adquiere transparencia el hecho que cada vez que atravesamos puertas/fronteras geográficas y sociales y vamos al encuentro del extraño, esto coincide con una revelación de la identidad personal. Nos descubrimos a nosotros mismos en otro “territorio” y nos enteramos justamente ahí quiénes somos gracias al extranjero. Nuestro cuerpo/territorio entra en un intercambio simbólico con el nuevo territorio que determina nuestro “ser en el mundo”.

Fuente: Red Latinoamericana de Liturgia CLAI
Temas: Educación-5|Seguimiento-5|Identida

 

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