11245 visitasIsaías 6:1-8

Domingo 15 de Junio de 2003 (Trinidad)
Salmo 29, Isaías 6:1-8, Romanos 8:12-17, Juan 3:1-17

El diálogo de Jesús con Nicodemo coloca estos pasajes en el contexto de la búsqueda de querer ser fieles a la palabra de Dios pero no entender como hacerlo. El texto clásico de 3:16 no requiere aquí una nueva explicación. Abordaremos el desafío de ser creyentes y anunciadores de la Palabra a partir del llamado a Isaías, en el convencimiento de que así como en aquellos tiempos como en los nuestros el Espíritu continúa convocando hombres y mujeres para su ministerio. Y hoy como ayer, esa invitación suele tener más resistencia en nuestros propios miedos y debilidades que en las verdaderas limitaciones que se invocan.

1. El lenguaje de este texto

Se ha señalado que el lenguaje de todo el cap 6 es distinto del resto del libro de Isaías. Encontramos allí una serie de figuras y escenas más propias de la literatura apocalíptica que de la profecía clásica. Dios en un trono, rodeado de ángeles, con temblor en las puertas, son todas imágenes propias de ese estilo. Es probable que esto indique que estamos ante un texto posterior al resto de las narraciones de esa primera parte del libro (cap. 1-39). Pero si bien es útil explicar esto en la predicación no es un tema central que justifique dedicarle mucho tiempo. Lo esencial aquí es que muestra a Dios convocando a una misión y a un hombre que tiene miedo de asumirla.

Isaías dice primero que tiene miedo de morir. Esto es debido a que siendo un hombre pecador y perteneciendo a un pueblo impuro considera que no puede ver a Dios. Lo primero en nuestra predicación que es necesario hacer es clarificar dos cosas: que se refiere simbólicamente a “ver a Dios” y que su impureza le viene por pertenecer a la raza humana.

Lo que asusta a Isaías es que siendo un ser humano pueda vincularse directamente con el creador. Este temor viene de antiguo cuando de a poco se fue gestando la idea de un Dios lejano e inaccesible, al que no podía llegarse porque su presencia mataba a quienes se acercaban a él. Es de notar que no fue así siempre, como el caso de Moisés que ante la zarza se le pide que se descalce en señal de respeto, y que se acerque sin que ello conlleve ninguna amenaza. Moisés también va a tratar de huir del mandato de Dios pero no por temor a morir sino porque está dubitativo ante tamaña empresa. Podrían buscarse otros ejemplos, pero lo importante es mostrar que el miedo viene del mismo Isaías y no de Dios, que no mata a nadie porque se acerque a él. Su temor está vinculado con creer que respetar a Dios es no acercarse a él cuando en realidad respetar su Palabra es asumirla fielmente y “acercarse” lo más posible a su presencia.

Es necesario también comentar que ha habido lectura literalistas de este texto (y otros similares) que entienden que se refiere a una prohibición concreta de no ver a Dios con los ojos. Esta comprensión supone que Dios es un objeto que se puede ver o encontrar en cualquier lugar, lo cual lo reduce -probablemente sin querer- al nivel de las cosas palpables. Pero no es ese el sentido del texto que en realidad utiliza imágenes visuales y auditivas para significar al grandeza y el poder de Dios y su presencia en toda la realidad.

El otro aspecto es el de la impureza. Tiene que ve con lo que ya comentamos para el domingo anterior. Se consideraba tan lejano a Dios que el reconocimiento de los pecados y la fragilidad de nuestra vida y condición parecía que nos impedía vincularnos con él. A Dios se lo considera tan puro y santo que por contraste nada tiene que ver conmigo. Lo curioso es que es verdad que la distancia entre la santidad de Dios y nuestra condición es inmensa pero también es cierto que para Dios ese no es un problema que nos separe sino que ha enviado a su hijo para que recorra esa distancia y nos acerque a él. La impureza de nuestra vida es una barrera infranqueable para nosotros pero no para Dios que en la encarnación se hizo ser humano asumiendo y transitando esa distancia. Como ya señalamos es la gracia de Dios la que no habilita para vincularnos con él sin miedo ni distancias, y nos permite asumir el compromiso de ser testigos de su evangelio en la tierra.

El símbolo del ángel que toca la boca del profeta con una brasa que purifica su boca para hacerla apta al anuncio del mensaje que Dios le encomienda no está lejos de lo que nosotros hoy anunciamos como acción de Dios en Cristo. También nosotros hoy necesitamos que se nos limpie de mezquindades e incredulidad a fin de tener la posibilidad de compartir su ministerio aquí en la tierra. Nos hizo discípulos suyos, nos invita a su mesa, nos encomienda una tarea.

La misión

En la predicación no deberíamos quedarnos en la misión de Isaías sino a partir de lo dicho vincular este pasaje con nuestros propios desafíos. Esa es la diferencia entre una predicación y un estudio bíblico. En el segundo caso interesa entender la persona del profeta y su desafío personal. En el otro nos interesa actualizar el texto para que sea relevante para los oyentes de hoy. En realidad lo uno no va bien sin lo otro.

Hay muchos matices y desafíos diversos cuando deseamos hablar de la misión cristiana. En este momento de la predicación es oportuno referir al Juan 3:16 y apelar a que una vez habilitados por Dios nuestra tarea se concentra en anunciar esa verdad con la boca pero también con la vida, en la acción concreta que da fortaleza a la palabra predicada. Todo el pasaje de Nicodemo muestra a una persona deseosa de conocer la verdad y en búsqueda de alguien en quien confiar que le indicar la dirección a seguir en su vida. ¿Es muy distinto eso de la búsqueda que tantos hombres y mujeres tienen hoy?

Uno de los riesgos de hablar de misión es reducirla por cualquiera de sus lados. Algunos piensan que la misión de una tarea que debe concentrarse en el testimonio de vida interior. Quienes han tenido una experiencia personal e íntima con Dios suelen considerar que su misión es hacer que todos accedan a la misma experiencia. Por otro lado están quienes han experimentado la presencia de Dios en la acción por el prójimo. La espiritualidad viene en estos casos como consecuencia de una experiencia concreta de encuentro con los más necesitados o con aquellos que nos rodean. También en estos casos solemos encontrar cierta intransigencia del tipo de pensar que la misión pasa por recrear en otros ese modo de acercarse a Dios. En otras palabras unos podría decir que por un lado se enfatiza la experiencia interna y en el otro la externa, Cristo en el corazón contra Cristo en el prójimo.

La lectura atenta y madura del evangelio muestra que tal dicotomía es ajena a él. Que no hay experiencia interna de Dios sin consecuencias visibles y concretas en nuestra relación con el prójimo, y por el otra lado, no hay encuentro con Cristo en el prójimo sin que haya una conversión del corazón, es decir, la totalidad de la vida. Por eso es bueno decir que más que buscar reproducir en los demás lo que a mí me pasó, lo que debemos buscar es anunciar el evangelio tal como lo encontramos en la Biblia. Jesús y sus discípulos vivían y declamaban la buena noticia sin distinguir límites ni modalidades. Y recordar que no hay un solo camino para acercarse a él sino muchos, tantos como personas transitan esta tierra.

Conclusión

La experiencia de Isaías, y la de Nicodemo, nos ayudan a delinear nuestro compromiso con el mensaje de Dios hoy. Ambos tenían dudas, temores, preguntas. Ambos recibieron respuestas a su inquietudes y no quedaron con las manos vacías.

Proponemos entonces organizar la predicación de acuerdo a los siguientes puntos:

1. Dios nos llama a una misión
2. No debemos temer ni considerar que no estamos capacitados para ella.
3. Dios capacita y da herramientas para la tarea.
4. Debemos evitar la falta disyuntiva de espiritualidad vs. acción. Ambas cosas van juntas.
5. El ejemplo de Jesús nos invita a vivir su evangelio sin fisuras.

Fuente: ISEDET - Depto. de Biblia

 

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