14324 visitasMateo 15;21-28

Sal 67; Is 56:1?8; Ro 11:1?2, 29-32; Mt 15:21-28.

Introducción

El relato que abordamos hoy tiene un doblez. Por un lado comienza con el pedido de una mujer por la salud de su hija, la que estaba muy enferma. Por otro lado la narración deriva en el tema de la fe de la mujer y de la inclusión de los no judíos en la salvación traída por Jesús. El primer caso supone un milagro de curación y reclama por la intervención de Jesús. El segundo aspecto pone en escena a la mujer, su humildad y su fe. Ambos son distintos pero están muy relacionados.

El lugar

Al decir “saliendo de allí” está refiriendo a la región de Galilea. Va entonces hacia Tiro y Sidón, dos ciudades puertos sobre la costa del Mar Mediterráneo habitadas por cananeos pero también por muchos judíos. Eso explica la presencia de Jesús allí, la que no puede entenderse como la de ir hacia los no judíos sino hacia los judíos que vivían en esas aldeas. La discusión con la mujer muestra que la primera intención de Jesús es dirigirse a “las ovejas perdidas de la casa de Israel”, es decir, a los judíos alejados de las prácticas religiosas regulares. Allí habitaban gran número de judíos que debido a la influencia del medio extranjero iban perdiendo su identidad religiosa. A la vez esta mezcla de culturas también había producido cierto sincretismo religioso y mutua influencia. Una prueba de ello es que cuando la mujer llama a Jesús “hijo de David” evidencia que conoce algunos elementos de la fe judía aunque ella misma se reconoce fuera de esa fe al aceptar ser parte de los “perros que comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”.
Desde el punto de vista de una predicación deber estar claro que ella no es judía ni que tampoco es una cananea convertida a la fe de Israel. El sentido del texto es justamente que la gracia se derrama sobra alguien ajeno a la religión de Jesús, pero con una profunda fe y un reconocimiento del poder de Dios manifestado a través de quien ella tiene delante. Podemos decir que reconoce en Jesús a alguien que actúa por misericordia y que tiene capacidad de sanar a su hija.

La curación

Sólo al comienzo y al final del relato se menciona este tema. La mujer actúa por desesperación ante el hecho de que su hija está endemoniada. Esta descripción de la enfermedad de la hija era habitual en la época. Podía manifestarse como locura o con violentas actitudes de histeria. Pero también en otros casos simplemente llamaban endemoniado al organismo que estaba enfermo por el solo hecho de estarlo. Se entendía que sentirse mal en forma crónica sólo podía deberse a que el cuerpo había sido abordado por una fuerza sobrenatural que lo dominaba y no lo dejaba desarrollarse sanamente. Hoy sabemos que las enfermedades son producidas por desequilibrios naturales (físicos o psicológicos), pero la idea de que el causante del mal y la enfermedad es un elemento que puede ser desterrado del organismo no ha cambiado desde entonces, sea este orgánico o de carácter psíquico. Así la madre clama para que Jesús utilice su poder para erradicar la enfermedad del cuerpo de su hija.

Mientras que temáticamente el desarrollo de la narración deriva hacia el tema del derecho a recibir una bendición de parte de Jesús, al final del pasaje éste resuelve el problema de salud que ella le plantea. La frase que utiliza es “hágase contigo como quieres”. Son muy sugestivas estas palabras de Jesús porque no aluden a la hija sino a la madre. Lo que dicen es que le concede lo que ella desea, es decir, se enfatiza la voluntad de la madre. Jesús ha valorado la pasión con que esta mujer ha reclamado por su hija y la fe que la ha llevado a pedirle a un desconocido perteneciente a otro pueblo y otra fe aquello que la aqueja.
Como elemento para tener en cuenta en la predicación está el hecho de que en este milagro de curación la enferma está en un segundo plano. De hecho Jesús en ningún momento la nombra ni la llega a conocer. El milagro, una vez más, es motivo para resaltar la fe y la misericordia de Dios.

La discusión

El diálogo que se desarrolla en el centro temático de este pasaje tiene como protagonistas principales a Jesús y la mujer cananea, y marginalmente a los discípulos. Estos últimos intentan deshacerse de ella pidiéndole a Jesús que la “despida”, es decir, la rechace con motivo de que molesta al gritar detrás de ellos. La respuesta de Jesús tal como está en el texto es un tanto problemática debido a que si bien no concede a los discípulos el pedido de rechazarla, hace una declaración clara que limita el acceso de los no judíos a la salvación que él viene proclamando. En ese sentido puede entenderse esta reacción del Señor como dirigida no hacia sus discípulos sino hacia la mujer misma, preparando el terreno para el diálogo que continúa. Si bien el v. 24 comienza diciendo “respondiendo”, lo que deja claro que se está dirigiendo a los discípulos y afirmando en la dirección que ellos habían solicitado, puede también entenderse que lo hace en voz alta de modo que la mujer escuche. A mi entender la frase que continúa (“entonces ella vino y se postró ante él”) supone que la mujer ha escuchado la declaración de Jesús que la excluye de los beneficios de su misericordia.
Ante tamaña formulación no le queda otro recurso que postrarse ante él. Es interesante observar que leído el texto en forma literal y llana la mujer finalmente tuerce la voluntad de Jesús. Hasta este momento lo que sabemos es que Jesús no la rechaza pero que tampoco contempla atender su pedido. Explícitamente dice (y es peor si entendemos que ella escucha lo que él dice) que ella no es parte de aquellos a quienes ha venido a atender. Esta singular situación se acentúa en las líneas siguientes. Ella clama por ayuda y Jesús responde con una dureza no esperada: “No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perros”. La agresividad de esta frase no puede soslayarse aunque los motivos que el Señor tuvo para decirla pueden ser materia de debate. No estamos acostumbrados a encontrar en los evangelios textos donde Jesús ante una persona que clama por misericordia le responde distinguiendo entre “los hijos” y “los perros”. Los primeros son aquellos pasibles de ser bendecidos mientras que los segundos quedan fuera del ámbito de interés de su ministerio. Los segundos recibirán el trato de los animales, serán despreciados. Aún hoy – y aunque se lo considere “el mejor amigo del hombre” – sigue siendo como en aquellos tiempos una expresión sumamente despectiva la que cuando es dirigida a una mujer agrega al desprecio la connotación de la prostitución.

Pero esta mujer cananea no sólo es muy inteligente sino que utiliza todos sus recursos para lograr la salud de su hija. Responde a esas palabras derivando la atención hacia los únicos perros que son pasibles de cariño y amor: las mascotas de la casa familiar. Ella coloca el ejemplo de Jesús (“los perros”) en el único contexto donde estos animales son queridos, mimados y tratados casi como a los propios hijos. De sus palabras se infiere fácilmente que los perros a que ella alude no son despreciables. Estos son perros que no son salvajes pues tienen amos, que viven en una casa pues acceden a los costados de la mesa familiar, que aunque sean los restos comen de la misma comida del amo.
No es posible inferir de las palabras de Jesús que él estuviera refiriendo a esos simpáticos perros que tanto aman las personas y que llevan al veterinario cuando los ven tristes o rengueando. Jesús usó la expresión despectiva tal como hoy también la usamos. La fuerza de la mujer extranjera dio vuelta el argumento del Señor.

Las cuatro barreras que vence la mujer

Esta mujer tiene que vencer cuatro barreras para alcanzar la meta de salvar la vida de su hija.

La primera es la de ser mujer y ser escuchada. Su condición de mujer la limitaba en el acceso a un mundo dominado por los varones.

La segunda es su condición de extranjera. Ya dijimos que Jesús no fue hasta allí para dirigirse a personas como ella sino a los judíos habitantes de esas ciudades. Por extranjera no la dejaban acercarse al Señor.

La tercera es la barrera impuesta por los discípulos. Estos no querían a una mujer gritando a sus espaldas, clamando por ser atendida por el maestro. Ella distraería el tiempo que él debía dedicar a los suyos.

La cuarta – y quizás la más difícil – fue vencer las palabras del mismo Jesús que en dos oportunidades cierra el acceso de ella al beneficio de su bendición. Lo esperable es que una vez que Jesús da a entender que él no está allí para personas como ella la mujer se decepcionara y abandonara su lucha.

Finalmente el mensaje se centra en la fe de la mujer extranjera. Jesús concede la salud a la hija en virtud de su fe y únicamente por ello. Nos enseña también que Jesús se sensibilizó – y cambió de actitud – ante la insistencia de ella. Ella tuvo fe en Jesús aún sin conocer su doctrina en detalle. Y el motivo de su tozudez y su fe no era otro que el de salvar una vida.

Fuente: ISEDET - Depto. de Biblia

 

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